Nuestras
creencias
Iglesia Bautista Ciudad de Dios es una iglesia confesional. Nos apoyamos en los que vinieron antes que nosotros, habiéndose dedicado a la enseñanza de los apóstoles (Hechos 2:42).
Una iglesia
confesional
Los primeros cristianos confesaron juntos ciertas verdades doctrinales, como se ve en 1 Corintios 15:1-4 y Colosenses 1:15-20. En Ciudad de Dios queremos seguir su ejemplo.
Ser una "iglesia confesional" significa que, juntos como cuerpo, "confesamos" o "nos aferramos a" verdades específicas de la fe cristiana.
Confesión de New Hampshire de 1853
Una adaptación que sirve como nuestra declaración de fe. Resume las creencias básicas necesarias para ser miembro de Ciudad de Dios.
Fe y Mensaje Bautista 2000
Una explicación más completa de nuestra Declaración de Fe y una aplicación fiel a los problemas contemporáneos de vida y disciplina de la iglesia.
Fe y Mensaje Bautista 2000
Una explicación detallada de las creencias bíblicas practicadas por los Bautistas del Sur.
La Santa Biblia fue escrita por hombres divinamente inspirados y es la revelación que Dios hace de sí mismo al hombre. Es un tesoro perfecto de instrucción divina. Tiene a Dios como su autor, su propósito es la salvación, y su tema es la verdad, sin mezcla alguna de error. Por tanto, toda la Escritura es totalmente verdadera y confiable. Ella revela los principios por los cuales Dios nos juzga, y por tanto es y permanecerá siendo hasta el fin del mundo, el centro verdadero de la unión Cristiana, y la norma suprema por la cual toda conducta, credos, y opiniones religiosas humanas deben ser juzgadas. Toda la Escritura es un testimonio de Jesús, quien es Él mismo el centro de la revelación divina.
Éxodo 24.4; Deuteronomio 4.1-2; 17.19; Josué 8.34; Salmos 19.7-10; 119.11, 89, 105, 140; Isaías 34.16; 40.8; Jeremías 15.16; 36.1-32; Mateo 5.17-18; 22.29; Lucas 21.33; 24.44-46; Juan 5.39; 16.13-15; 17.17; Hechos 2.16; 17.11; Romanos 15.4; 16.25-26; 2 Timoteo 3.15-17; Hebreos 1.1-2; 4.12; 1 Pedro 1.25; 2 Pedro 1.19-21.
Hay un Dios, y solo uno, viviente y verdadero. Él es un Ser inteligente, espiritual y personal, el Creador, Redentor, Preservador y Gobernador del universo. Dios es infinito en santidad y en todas las otras perfecciones. El Dios eterno y trino se revela a sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, con distintos atributos personales, pero sin división de naturaleza, esencia o ser.
A. Dios el Padre — Dios como Padre reina con cuidado providencial sobre todo su universo, sus criaturas, y el fluir de la corriente de la historia humana de acuerdo a los propósitos de su gracia. Él es Padre en verdad de todos aquellos que llegan a ser sus hijos por medio de la fe en Cristo Jesús.
B. Dios el Hijo — Cristo es el Hijo eterno de Dios. En su encarnación como Jesucristo fue concebido del Espíritu Santo y nacido de la virgen María. Él fue levantado de entre los muertos con un cuerpo glorificado y ascendió a los cielos donde es el Único Mediador, completamente Dios, completamente hombre.
C. Dios, el Espíritu Santo — El Espíritu Santo es el Espíritu de Dios, completamente divino. Él inspiró a santos hombres de la antigüedad para que escribieran las Escrituras. Él convence a los hombres de pecado, de justicia, y de juicio. En el momento de la regeneración Él bautiza a cada creyente en el Cuerpo de Cristo.
Génesis 1.1; 2.7; Éxodo 3.14; Mateo 6.9; 28.19; Juan 4.24; 5.26; 14.6-13; Romanos 8.14-15; 1 Corintios 8.6; Gálatas 4.6; Efesios 4.6; 1 Timoteo 1.17; Hebreos 11.6.
El hombre es la creación especial de Dios, hecho a su propia imagen. Él los creó hombre y mujer como la corona de su creación. La dádiva del género es por tanto parte de la bondad de la creación de Dios. Por medio de la tentación de Satanás el hombre transgredió el mandamiento de Dios, y cayó de su estado original de inocencia. Solamente la gracia de Dios puede traer al hombre a su compañerismo santo y capacitar al hombre para que cumpla el propósito creativo de Dios.
Génesis 1.26-30; 2.5, 7.18-22; 3; 9.6; Salmos 1; 8.3-6; Isaías 6.5; Jeremías 17.5; Mateo 16.26; Romanos 1.19-32; 3.10-18,23; 5.6,12,19; Efesios 2.1-22; Colosenses 1.21-22.
La salvación implica la redención total del hombre, y se ofrece gratuitamente a todos los que aceptan a Jesucristo como Señor y Salvador. En su sentido más amplio la salvación incluye la regeneración, la justificación, la santificación, y la glorificación. No hay salvación aparte de la fe personal en Jesucristo como Señor.
A. Regeneración — Es una obra de la gracia de Dios por la cual los creyentes llegan a ser nuevas criaturas en Cristo Jesús. Es un cambio de corazón, obrado por el Espíritu Santo.
B. Justificación — Es la obra de gracia de Dios y la completa absolución hacia todos los pecadores que se arrepienten y creen en Cristo.
C. Santificación — Es la experiencia que comienza en la regeneración, mediante la cual el creyente es separado para los propósitos de Dios y capacitado para progresar hacia la madurez moral y espiritual.
D. Glorificación — Es la culminación de la salvación y es el estado bendito y permanente del redimido.
Génesis 3.15; Mateo 1.21; Juan 1.11-14,29; 3.3-21,36; Hechos 2.21; 4.12; Romanos 1.16-18; 3.23-25; 5.8-10; 6.1-23; 8.1-18; 1 Corintios 1.18,30; Efesios 1.7; 2.8-22; Tito 2.11-14.
La elección es el propósito de la gracia de Dios, según el cual Él regenera, justifica, santifica y glorifica a los pecadores. Es consistente con el libre albedrío del hombre, e incluye todos los medios relacionados con el fin. Es la gloriosa expresión de la bondad soberana de Dios, y es infinitamente sabia, santa e inmutable. Excluye la jactancia y promueve la humildad.
Todos los verdaderos creyentes perseveran hasta el fin. Aquellos a quienes Dios ha aceptado en Cristo y santificado por su Espíritu, jamás caerán del estado de gracia, sino que perseverarán hasta el fin.
Génesis 12.1-3; Mateo 16.18-19; Juan 1.12-14; 3.16; 5.24; 10.27-29; Romanos 5.9-10; 8.28-29; Efesios 1.4-23; 2.1-10; 2 Timoteo 1.12; 1 Pedro 1.2-5.
Una iglesia del Nuevo Testamento del Señor Jesucristo es una congregación local y autónoma de creyentes bautizados, asociados en un pacto en la fe y el compañerismo del evangelio. Cada congregación actúa bajo el señorío de Jesucristo por medio de procesos democráticos. Sus oficiales escriturales son pastores y diáconos. Aunque tanto los hombres como las mujeres son dotados para servir en la iglesia, el oficio de pastor está limitado a los hombres, como lo limita la Escritura.
Mateo 16.15-19; 18.15-20; Hechos 2.41-42; Romanos 1.7; 1 Corintios 1.2; Efesios 1.22-23; 2.19-22; 5.22-32; Filipenses 1.1; 1 Timoteo 2.9-14; 3.1-15.
El bautismo cristiano es la inmersión de un creyente en agua en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Es un acto de obediencia que simboliza la fe del creyente en un Salvador crucificado, sepultado y resucitado. Como es una ordenanza de la iglesia, es un requisito que precede al privilegio de ser miembro de la iglesia y a participar en la Cena del Señor.
La Cena del Señor es un acto simbólico de obediencia por el cual los miembros de la iglesia, al participar del pan y del fruto de la vid, conmemoran la muerte del Redentor y anuncian su segunda venida.
Mateo 3.13-17; 26.26-30; 28.19-20; Marcos 1.9-11; Hechos 2.41-42; 8.35-39; Romanos 6.3-5; 1 Corintios 10.16,21; 11.23-29; Colosenses 2.12.
El primer día de la semana es el Día del Señor. Es una institución cristiana que se debe observar regularmente. Conmemora la resurrección de Cristo de entre los muertos y debe incluir ejercicios de adoración y devoción espiritual, tanto públicos como privados. Las actividades en el Día del Señor deben estar de acuerdo con la conciencia Cristiana bajo el Señorío de Jesucristo.
Éxodo 20.8-11; Mateo 12.1-12; 28.1; Marcos 2.27-28; Juan 4.21-24; 20.1,19-28; Hechos 20.7; Romanos 14.5-10; Apocalipsis 1.10.
El Reino de Dios incluye tanto su soberanía general sobre el universo como su señorío particular sobre los hombres que voluntariamente lo reconocen como Rey. Particularmente el Reino es el reino de la salvación en el cual los hombres entran mediante su entrega a Jesucristo por medio de una fe y confianza semejante a la de un niño. Los Cristianos deben orar y trabajar para que venga el Reino y que la voluntad de Dios se haga en la tierra. La consumación final del Reino espera el regreso de Jesucristo y el fin de esta era.
Génesis 1.1; Isaías 9.6-7; Jeremías 23.5-6; Mateo 3.2; 4.8-10,23; 12.25-28; 13.1-52; 25.31-46; Marcos 1.14-15; Lucas 4.43; 8.1; 9.2; Juan 3.3; 18.36; Hechos 1.6-7; Romanos 5.17; 8.19; 1 Corintios 15.24-28; Colosenses 1.13; Hebreos 11.10,16; 12.28; Apocalipsis 1.6,9; 5.10; 11.15; 21-22.
Dios, en su propio tiempo y en su propia manera, traerá el mundo a su fin apropiado. De acuerdo a su promesa, Jesucristo regresará a la tierra en gloria de manera personal y visible; los muertos resucitarán; y Cristo juzgará a todos los hombres en justicia. Los injustos serán consignados al Infierno, el lugar del castigo eterno. Los justos en sus cuerpos resucitados y glorificados recibirán su recompensa y morarán para siempre en el Cielo con el Señor.
Isaías 2.4; Mateo 16.27; 18.8-9; 19.28; 24.27,30,36,44; 25.31-46; 26.64; Marcos 8.38; Lucas 12.40,48; 16.19-26; Juan 14.1-3; Hechos 1.11; 17.31; Romanos 14.10; 1 Corintios 15.24-28,35-58; 2 Corintios 5.10; Filipenses 3.20-21; 1 Tesalonicenses 4.14-18; Hebreos 9.27-28; Santiago 5.8; 2 Pedro 3.7; Apocalipsis 1.18; 3.11; 20:1-22.13.
Es deber y privilegio de cada seguidor de Cristo y de cada iglesia del Señor Jesucristo esforzarse por hacer discípulos de todas las naciones. El nuevo nacimiento del espíritu del hombre por el Espíritu Santo de Dios significa el nacimiento del amor a los demás. El esfuerzo misionero de parte de todos depende de una necesidad espiritual de la vida regenerada.
El Señor Jesucristo ha ordenado que se predique el evangelio a todas las naciones. Es deber de cada hijo de Dios procurar constantemente ganar a los perdidos para Cristo mediante el testimonio personal apoyado por un estilo de vida Cristiano.
Génesis 12.1-3; Éxodo 19.5-6; Isaías 6.1-8; Mateo 9.37-38; 10.5-15; 16.19; 24.14; 28.18-20; Lucas 10.1-18; 24.46-53; Juan 14.11-12; 15.7-8,16; 17.15; 20.21; Hechos 1.8; 2; 10.42-48; 13.2-3; Romanos 10.13-15; Efesios 3.1-11; 1 Tesalonicenses 1.8; 2 Timoteo 4.5; 1 Pedro 2.4-10; Apocalipsis 22.17.
El Cristianismo es la fe de la iluminación y la inteligencia. En Jesucristo habitan todos los tesoros de sabiduría y conocimiento. El nuevo nacimiento abre todas las facultades humanas y crea sed de conocimiento. La causa de la educación en el Reino de Cristo está coordinada con las causas de las misiones y de la beneficencia, y debe recibir juntamente con éstas el apoyo liberal de las iglesias.
En la educación Cristiana debe haber un balance apropiado entre la libertad académica y la responsabilidad académica. La libertad de un maestro en una institución educacional Cristiana está siempre limitada por la preeminencia de Jesucristo, la naturaleza autoritativa de las Escrituras, y por el propósito distintivo para el cual la escuela existe.
Deuteronomio 4.1,5,9,14; 6.1-10; Salmos 19.7; 119.11; Proverbios 3.13; 4.1-10; 8.1-7,11; Mateo 5.2; 7.2; 28.19-20; 1 Corintios 1.18-31; Efesios 4.11-16; Filipenses 4.8; Colosenses 2.3,8-9; 2 Timoteo 2.15; 3.14-17; Hebreos 5.12-6.3; Santiago 1.5; 3.17.
Dios es la fuente de todas las bendiciones, temporales y espirituales; todo lo que tenemos y somos se lo debemos a Él. Los Cristianos están endeudados espiritualmente con todo el mundo, y tienen una mayordomía obligatoria en sus posesiones. Por tanto, están bajo la obligación de servir a Dios con su tiempo, talentos y posesiones materiales; y deben reconocer que todo esto les ha sido confiado para que lo usen para la gloria de Dios y para ayudar a otros. De acuerdo con las Escrituras, los Cristianos deben contribuir alegre, regular, sistemática, proporcional y liberalmente para el progreso de la causa del Redentor en la tierra.
Génesis 14.20; Levítico 27.30-32; Deuteronomio 8.18; Malaquías 3.8-12; Mateo 6.1-4,19-21; 19.21; 23.23; 25.14-29; Lucas 12.16-21,42; 16.1-13; Hechos 2.44-47; Romanos 6.6-22; 12.1-2; 1 Corintios 4.1-2; 6.19-20; 12; 16.1-4; 2 Corintios 8-9; Filipenses 4.10-19; 1 Pedro 1.18-19.
El pueblo de Cristo debe, según la ocasión lo requiera, organizar tales asociaciones y convenciones que puedan asegurar de la mejor manera posible la cooperación necesaria para lograr los grandes objetivos del Reino de Dios. Tales organizaciones no tienen autoridad una sobre otra ni sobre las iglesias. Son organizaciones voluntarias para aconsejar, para descubrir, combinar y dirigir las energías de nuestro pueblo de la manera más eficaz.
La cooperación entre las denominaciones Cristianas es deseable, cuando el propósito que se quiere alcanzar se justifica en sí mismo, y cuando tal cooperación no incluye violación alguna a la conciencia ni compromete la lealtad a Cristo y su Palabra.
Éxodo 17.12; 18.17; Nehemías 4; 8.1-5; Mateo 10.5-15; 20.1-16; 28.19-20; Hechos 1.13-14; 2.1; 4.31-37; 13.2-3; 15.1-35; 1 Corintios 1.10-17; 3.5-15; 12; 2 Corintios 8-9; Gálatas 1.6-10; Efesios 4.1-16; Filipenses 1.15-18.
Todos los Cristianos están bajo la obligación de procurar hacer que la voluntad de Cristo sea soberana en nuestras propias vidas y en la sociedad humana. Los medios y métodos usados para mejorar la sociedad solamente pueden ser permanentemente útiles cuando están enraizados en la regeneración del individuo por medio de la gracia salvadora de Dios en Jesucristo.
En el espíritu de Cristo, los cristianos deben oponerse al racismo, a toda forma de codicia, egoísmo, vicio, y a todas las formas de inmoralidad sexual. Debemos trabajar para proveer para los huérfanos, los necesitados, los abusados, los ancianos, los indefensos y los enfermos. Debemos hablar a favor de los que no han nacido y luchar por la santidad de toda la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.
Éxodo 20.3-17; Mateo 5.13-16,43-48; 22.36-40; 25.35; Lucas 4.18-21; 10.27-37; 20.25; Juan 15.12; Romanos 12-14; Gálatas 3.26-28; Efesios 6.5-9; Colosenses 3.12-17; Santiago 1.27; 2.8.
Es el deber de todo cristiano buscar la paz con todos los hombres basándose en los principios de justicia. De acuerdo con el espíritu y las enseñanzas de Cristo, ellos deben hacer todo lo que esté de su parte para poner fin a la guerra.
El verdadero remedio al espíritu guerrero es el evangelio de nuestro Señor. La necesidad suprema del mundo es la aceptación de sus enseñanzas en todas las relaciones de hombres y naciones, y la aplicación práctica de su ley de amor.
Isaías 2.4; Mateo 5.9,38-48; 6.33; 26.52; Lucas 22.36,38; Romanos 12.18-19; 13.1-7; 14.19; Hebreos 12.14; Santiago 4.1-2.
Solamente Dios es Señor de la conciencia, y Él la ha dejado libre de las doctrinas y de los mandamientos de hombres que son contrarios a su Palabra o no contenidos en ella. La iglesia y el estado deben estar separados. El estado debe protección y completa libertad a toda iglesia en el ejercicio de sus fines espirituales. El evangelio de Cristo considera solamente los medios espirituales para alcanzar sus fines. El ideal cristiano es el de una iglesia libre en un estado libre.
Génesis 1.27; 2.7; Mateo 6.6-7,24; 16.26; 22.21; Juan 8.36; Hechos 4.19-20; Romanos 6.1-2; 13.1-7; Gálatas 5.1,13; Filipenses 3.20; 1 Timoteo 2.1-2; Santiago 4.12; 1 Pedro 2.12-17; 3.11-17.
Dios ha ordenado la familia como la institución fundamental de la sociedad humana. El matrimonio es la unión de un hombre y una mujer en un pacto de compromiso por toda la vida. Es el don único de Dios para revelar la unión entre Cristo y Su iglesia.
El esposo y la esposa tienen el mismo valor delante de Dios, puesto que ambos fueron creados a la imagen de Dios. Un esposo debe amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia. Él tiene la responsabilidad dada por Dios de proveer, proteger y dirigir a su familia. Una esposa tiene la responsabilidad dada por Dios de respetar a su esposo y servirle de ayuda en la administración del hogar y la educación de la próxima generación.
Los niños, desde el momento de la concepción, son una bendición y herencia del Señor. Los padres deben enseñar a sus hijos los valores espirituales y morales, y dirigirlos para que hagan decisiones basadas en la verdad bíblica.
Génesis 1.26-28; 2.15-25; Éxodo 20.12; Deuteronomio 6.4-9; Josué 24.15; Salmos 51.5; 78.1-8; 127; 128; Proverbios 22.6; Efesios 5.21-33; 6.1-4; Colosenses 3.18-21; 1 Timoteo 5.8,14; 2 Timoteo 1.3-5; Tito 2.3-5.
Confesión de New Hampshire de 1853
Nuestra adaptación de esta confesión sirve como resumen de las creencias básicas necesarias para la membresía en Ciudad de Dios.
Creemos que la Santa Biblia fue escrita por hombres divinamente inspirados, y es un perfecto tesoro de instrucción celestial; que tiene a Dios por autor, la salvación por fin, y la verdad sin ninguna mezcla de error como su materia; que revela los principios por los cuales Dios nos juzgará; y por tanto es, y seguirá siendo hasta el fin de los tiempos, el centro verdadero de la unión Cristiana y la norma suprema por la que debe ser evaluada toda conducta humana, credos y opiniones religiosas.
Creemos que solo existe un solo Dios, el único Dios vivo y verdadero, es un Espíritu eterno, personal, e inteligente, y su nombre es YAHWEH, el Creador, Gobernador Supremo del universo; inefablemente glorioso en santidad y digno del más elevado honor, obediencia y amor; en la unidad de Dios existen tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; iguales en divina perfección y ejecutando distintos, pero armoniosos, oficios en la gran obra de redención.
Jn. 4:24; Sal. 147:5; Jer. 10:10; Éx. 15:11; Is. 6:3; 1 P. 1:16; Ap. 4:6-8; Mr. 12:30; Ap. 4:11; Mt. 10:37; Mt. 28:19; Jn. 15:26; 1 Co. 12:4-6.
Creemos que el hombre fue creado en santidad, sujeto a la ley de su Creador; pero, por transgresión voluntaria, el hombre cayó de tal santidad y estado de felicidad. En consecuencia, toda la humanidad es ahora pecadora, no por fuerza sino por elección. El hombre está entonces, por naturaleza, desprovisto de la santidad que requiere la ley de Dios, inclinado al mal y, por lo tanto, bajo justa condenación a la ruina eterna, sin defensa ni excusa.
Gn. 1:27; 1:31; Ec. 7:29; Hch. 17:26-29; Gn. 2:16-17; 3:6-24; Ro. 5:12,15-19; Sal. 51:5; Ro. 8:7; Is. 53:6; Gn. 6:12; Ro. 3:9-18; Ef. 2:1-3; Ro. 1:18,32; 2:1-16; Gá. 3:10; Ro. 1:20; 3:19; Gá. 3:22.
Creemos que la salvación de los pecadores es totalmente por gracia a través de la obra mediadora del Hijo de Dios, el cual, por elección del Padre, voluntariamente tomó sobre Él nuestra naturaleza, aunque sin pecado; honró la ley divina con su obediencia personal, y por su muerte hizo completa expiación por nuestros pecados. Habiendo resucitado de los muertos, ahora está en el Cielo sentado en el trono y está calificado en todos los aspectos para ser un Salvador idóneo, compasivo y todo suficiente.
Ef. 2:3; Mt. 18:11; 1 Jn. 4:10; Jn. 3:16; Jn. 1:1-14; Heb. 4:14; Fil. 2:9,14; 2 Co. 5:21; Is. 42:21; Fil. 2:8; Gá. 4:4-5; Ro. 3:21; Is. 53:4-5; Mt. 20:28; Ro. 4:25; 3:21-26; Heb. 9:13-15; Heb. 1:3; Col. 3:1-4; Heb. 7:25.
Creemos que la gran bendición del Evangelio que Cristo les asegura a los que creen en Él es la Justificación; esa justificación incluye el perdón del pecado y la promesa de vida eterna en los principios de la justicia; que la misma es imputada, no en consideración de las buenas obras que pudimos haber hecho, sino únicamente a través de la fe en la sangre del Redentor; en virtud de dicha fe, Su justicia perfecta nos es imputada gratuitamente por Dios; que esta fe nos trae a un estado de bendita paz y favor con Dios.
Jn. 1:16; Ef. 3:8; Hch. 13:39; Is. 53:11-12; Ro. 5:1-2,9; Zac. 13:1; Mt. 9:6; Hch. 10:43; Ro. 5:17; Tito 3:5-7; 1 P. 3:7; 1 Jn. 2:25; Ro. 5:21; 4:4-5; 6:23; Fil. 3:7-9; Ro. 5:19; 3:24-26; 4:23-25; 1 Jn. 2:12; Mt. 6:33.
Creemos que las bendiciones de la salvación se encuentran disponibles para todos a través del Evangelio; que es el deber inmediato de todos aceptarlas por una fe sincera, arrepentida y obediente; y que nada impide la salvación del más grande pecador sobre la tierra, sino su propia depravación inherente y su rechazo voluntario del Evangelio; dicho rechazo lo envuelve en una condenación mayor.
Is. 55:1; Ap. 22:17; Ro. 16:25-26; Mc. 1:15; Ro. 1:15-17; Jn. 5:40; Mt. 23:37; Ro. 9:32; Pr. 1:24; Hch. 13:46; Jn. 3:19; Mt. 11:20; Lc. 10:27; 2 Ts. 1:8.
Creemos que, para ser salvos, los pecadores deben ser regenerados o nacidos de nuevo; que la regeneración consiste en proveer una sana disposición de la mente, lo cual es efectuado en una manera que va más allá de nuestra comprensión, por el poder del Espíritu Santo en conexión con la verdad divina para asegurar nuestra obediencia voluntaria al evangelio; y que la evidencia apropiada aparece en los santos frutos de arrepentimiento, fe y nueva vida.
Jn. 3:3; 3:6-7; 2 Co. 5:17; Ez. 36:26; Dt. 30:6; Ro. 2:28-29; Ro. 5:5; 1 Jn. 4:7; Jn. 3:8; Jn. 1:13; Stg. 1:16-18; 1 Co. 1:30; Fil. 2:13; 1 P. 1:22-25; 1 Jn. 5:1; Ef. 4:20-24; Col. 3:9-11; Ef. 5:9; Ro. 8:9; Gá. 5:16-23; Mt. 3:8-10; Mt. 7:20; 1 Jn. 5:4,18.
Creemos que el arrepentimiento y la fe son deberes sagrados y también gracias inseparables, cultivadas en el alma por el Espíritu regenerador de Dios; siendo profundamente convencidos de culpa, peligro e impotencia, y del medio de salvación a través de Cristo, nos volvemos a Dios con contrición sincera, confesión y súplica por misericordia; al mismo tiempo, recibimos al Señor Jesucristo como nuestro Profeta, Sacerdote y Rey, confiando en Él como el único y suficiente Salvador.
Mc. 1:15; Hch. 11:18; Ef. 2:8; 1 Jn. 5:1; Jn. 16:8; Hch. 2:37-38; Lc. 18:13; Lc. 15:18-21; Stg. 4:7-10; 2 Co. 7:11; 1 Ti. 6:12-13; Sal. 51; Ro. 10:9-11; Hch. 3:22-23; Heb. 4:14; Sal. 2:6; Heb. 1:8; Heb. 7:25; 2 Ti. 1:12.
Creemos que la Elección es el propósito eterno de Dios, a través de la cual Él por gracia regenera, santifica y salva a los pecadores; esto es perfectamente compatible con el libre albedrío del hombre; que comprende todos los medios en relación con el fin; que es la más gloriosa muestra de la bondad soberana de Dios, siendo infinitamente libre, sabio, santo e inmutable; que excluye totalmente la jactancia y promueve la humildad, el amor, la oración, la alabanza, la confianza en Dios y la imitación activa de su misericordia gratuita; que es el fundamento de la seguridad cristiana.
2 Ti. 1:8-9; Ef. 1:3-14; 1 P. 1:1-2; Ro. 11:5-6; Jn. 15:16; 1 Jn. 4:19; 2 Ts. 2:13-14; Hch. 13:48; Jn. 10:16; Mt. 20:16; Ef. 1:11; Ro. 9:23-24; Jer. 31:3; 1 Co. 1:26-31; Ro. 3:27; 4:16; Col. 3:12; 1 Co. 15:10; 1 P. 5:10; Ro. 8:28-30; Jn. 6:37-40; 1 Ts. 1:4-10; 2 P. 1:10-11; Heb. 6:11.
Creemos que la santificación es el proceso por el cual, de acuerdo a la voluntad de Dios, somos hechos partícipes de Su santidad; que es una obra progresiva que empezó en la regeneración y es llevada a cabo en el corazón de los creyentes por la presencia y el poder del Espíritu Santo, el Consolador, en uso continuo de los medios designados — especialmente la Palabra de Dios, el auto-examen, la auto-negación, vigilancia y oración.
1 Ts. 4:3; 5:23; 2 Co. 7:1; 13:10; Fil. 3:12-16; 1 Jn. 2:29; Ro. 8:5; Ef. 1:4; Pr. 4:18; 2 Co. 3:18; Heb. 6:1; 2 P. 1:5-8; Jn. 3:6; Fil. 1:9-11; Ef. 1:13-14; Fil. 2:12-13; Ef. 4:11-12; 1 P. 2:2; 2 P. 3:18; 2 Co. 13:5; Lc. 9:23; Mt. 26:41; Ef. 6:18; 4:30.
Creemos que sólo los creyentes verdaderos perseveran hasta el fin; que su unión perseverante a Cristo es la gran marca que los distingue de los profesantes superficiales; que una Providencia especial vela por su bienestar y que son guardados por el poder de Dios mediante la fe para salvación.
Jn. 8:31; 1 Jn. 2:27-28; 1 Jn. 3:9; 1 Jn. 5:18; 1 Jn. 2:19; Jn. 13:18; Mt. 13:20-21; Jn. 6:66-69; Ro. 8:28; Mt. 6:30-33; Jer. 32:40; Sal. 121:3; Sal. 91:11-12; Fil. 1:6; Fil. 2:13; Jud. 24-25; Heb. 13:5; 1 Jn. 4:4.
Creemos que la Ley de Dios es la regla eterna e inmutable de su gobierno moral; que es santa, justa y buena; que la inhabilidad que la Escritura asigna al hombre pecador en cumplir sus preceptos se levanta enteramente de su amor por el pecado; que el librarlo de esto y restaurarlo a través del Mediador a una obediencia no fingida a la Ley santa, es uno de los grandes propósitos del Evangelio y de los Medios de la Gracia conectados con el establecimiento de la iglesia visible.
Ro. 3:31; Mt. 5:17; Lc. 16:17; Ro. 3:20; 4:15; 7:12; 7:7,14-22; Gá. 3:21; Sal. 119; Ro. 8:7-8; Jos. 24:19; Jer. 13:23; Jn. 6:44; 5:44; Ro. 8:2-4; 10:4; 1 Ti. 1:5; Heb. 8:10; Jud. 20-21.
Creemos que una iglesia visible de Cristo es una congregación de creyentes bautizados, asociados por un pacto en la fe y comunión en el Evangelio; observando las ordenanzas de Cristo, gobernados por Sus leyes y ejerciendo los dones, derechos y privilegios investidos en ellos por medio de su palabra; que sus únicos oficiales bíblicos son los ancianos (también llamados obispos o pastores) y diáconos, cuyas calificaciones y funciones están especificadas en las Epístolas a Timoteo y Tito.
1 Co. 1:1-3; Mt. 18:17; Hch. 5:11; 8:1; 11:21-23; 1 Co. 4:17; 14:23; 3 Jn. 9; 1 Ti. 3:5; Hch. 2:41-42; 2 Co. 8:5; 1 Co. 5:12-13; 11:2; 2 Ts. 3:6; Ro. 16:17-20; Mt. 18:15-20; 1 Co. 5:6; Mt. 28:20; Jn. 14:15; 15:12; 1 Ts. 4:2; 2 Jn. 6; Gá. 6:2; Ef. 4:7; Fil. 1:1; Hch. 14:23; 15:22; 1 Ti. 3; Tito 1.
Creemos que el bautismo cristiano es la inmersión de un creyente en agua, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para mostrar así en un emblema solemne y hermoso nuestra fe en el crucificado, enterrado y resucitado Salvador; que es requisito previo para los privilegios de una relación eclesiástica y para la Cena del Señor, en la cual los miembros de la iglesia, por el sagrado uso del pan y del vino, han de conmemorar juntos el amor agonizante de Cristo, precedido siempre por un solemne auto-examen.
Hch. 8:36-39; Mt. 3:5-6; Mt. 28:19-20; Mc. 16:16; Hch. 2:38; Ro. 6:4; Col. 2:12; 1 P. 3:20-21; Hch. 22:16; 1 Co. 11:26; Mt. 26:26-29; Mc. 14:22-25; Lc. 22:14-20; 1 Co. 11:28; 1 Co. 5:1-8; 1 Co. 10:3-32; 1 Co. 11:17-32.
Creemos que el primer día de la semana es el Día del Señor; que este era el día en que las iglesias del Nuevo Testamento se reunían para la adoración cristiana y para la edificación en memoria de la resurrección de nuestro Señor; por lo tanto, que el domingo está reservado para la reunión de la iglesia con esos mismos fines.
Hch. 20:7; Gn. 2:3; Col. 2:16-17; Mc. 2:27; Jn. 20:19; 1 Co. 16:1-2; Ex. 20:8; Ap. 1:10; Sal. 118:15,24; Is. 58:13-14; Heb. 10:24-25; Hch. 13:44; Lc. 4:16; Hch. 17:2-3; Heb. 4:3-11.
Creemos que el Gobierno Civil es divinamente designado para los intereses y el buen orden de la sociedad humana, y que los magistrados deben ser llevados en oración, diligentemente honrados y obedecidos, excepto en aquellos asuntos que se opongan a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, quien es el único Señor de nuestras consciencias y el Príncipe de los reyes de la tierra.
Ro. 13:1-7; Dt. 16:18; 2 S. 23:3; Ex. 18:23; Jer. 30:21; Mt. 22:21; Tito 3:1; 1 P. 2:13; 1 Ti. 2:1-4; Hch. 5:29; Dn. 3:15-18; 6:7-10; Hch. 4:18-20; Mt. 23:10; Ro. 14:4; Ap. 19:16; Sal. 72:11; Sal. 2; Ro. 14:9-13.
Creemos que hay una diferencia esencial y radical entre los justos y los injustos; que sólo aquellos que son justificados mediante la fe en el nombre del Señor Jesucristo y santificados por el Espíritu de nuestro Dios son verdaderamente justos a Sus ojos, mientras que los que continúan en la impenitencia y la incredulidad son malvados a Sus ojos; y que la distinción se mantiene entre los hombres tanto en la muerte cómo después de ella.
Mal. 3:18; Pr. 12:26; Is. 5:20; Gn. 18:23; Ro. 6:16; Ro. 1:17; 1 Jn. 2:29; 1 Jn. 3:7; Ro. 6:18,22; Pr. 14:32; Lc. 16:25; Jn. 8:21-24; Pr. 10:24; Lc. 12:4-5; Ec. 3:17; Mt. 7:13-14.
Creemos que el hombre y la mujer son ambos creados a la imagen de Dios, lo cual implica que ambos tienen la misma importancia y el mismo valor esencial dado por Dios. Sin embargo, los roles no son los mismos, ambos existen para complementarse uno al otro en roles, capacidades y autoridad en las diferentes esferas de la sociedad humana. De esa manera, creemos que el hombre tiene el llamado a ser cabeza y líder, ejerciendo un liderazgo amoroso y servicial, mientras que la mujer tiene el llamado a ser ayuda idónea para el hombre, apoyando gozosamente el liderazgo del hombre por medio de sus dones y capacidades en sumisión piadosa.
Gn.1:27; 1 Co. 11:11, 12; Gá. 3:28; Gn. 2:15-18, Ef. 5:22-24; Gn. 2:24; Ef. 5:25-30; Gn 2:18; 1 Co. 11:3; Ef. 5:22-24.
Es la posición bíblica que el matrimonio involucre la unión de un hombre y una mujer en una fidelidad sagrada y permanente. Aunque varias culturas y costumbres tienen definiciones del matrimonio que evolucionan, solo Dios tiene la autoridad final para prescribir y describir la relación marital.
La intimidad sexual es solamente ejercida propiamente y perseguida dentro de los confines de la relación marital. La inmoralidad sexual, definida como cualquier actividad sexual fuera de los límites de la relación sagrada matrimonial entre un hombre y una mujer, es clara y expresamente prohibida por el Señor.
Como consecuencia, la iglesia entiende que cualquiera y toda forma de inmoralidad sexual, incluyendo el adulterio, fornicación, conducta homosexual, conducta bisexual, bestialidad, incesto, pornografía y aun alguna intención lujuriosa, es pecaminosa y en última instancia, insatisfactoria.
La iglesia entiende como pecaminosa la intención o el deseo de quirúrgicamente alterar el sexo biológico a un sexo distinto. Ya que el cuerpo es una creación de Dios, la iglesia abraza que la identidad sexual está biológicamente determinada, y las normas de género asociadas han de ser observadas como apropiadas a los estándares bíblicos.
Aunque la expresión sexual pecaminosa es atroz, como lo es todo pecado, el Evangelio provee redención y restauración a todo el que confiesa y abandona su pecado, buscando misericordia y perdón a través de Jesucristo. Hay una diferencia entre tentación y pecado no arrepentido. Jesús fue tentado de todas las maneras en las que nosotros lo somos, sin embargo, él nunca pecó. Como una iglesia que desea seguir plenamente a Cristo, la iglesia será un lugar seguro para hombres y mujeres luchando con tentaciones sexuales de todo tipo. Para aquellos que luchan con tentación y perdón de pecado, la iglesia proveerá amor, cuidado y dirección.
La declaración sobre el matrimonio y la sexualidad de la iglesia no proporciona motivos para la intolerancia, el fanatismo, la intimidación o el odio, ya que creemos plenamente que a cada persona se le debe conceder compasión, amor, bondad, respeto y dignidad, sin importar su estilo de vida. Un comportamiento o actitudes de odio y acoso dirigido a cualquier individuo han de ser repudiados como pecaminosos y contrarios a las escrituras y las doctrinas de la iglesia.
Esta declaración no estará sujeta a cambio a través del voto popular; referéndum; la opinión predominante de los miembros o el público general; influencia o interpretación de cualquier autoridad gubernamental, agencia o acción oficial; o desarrollos legales a nivel local, estatal o federal.
Gn. 2:24; Mt. 19:1-9; Mc. 10:1-12; Mt. 15:19; 1 Co. 6:9-11; 1 Ts. 4:3; Heb. 13:4; Gn. 1:27; Ro. 1:26-32; 1 Co. 6:9-11; Ef. 2:1-10; Tito 3:3-7; Mt. 11:28-30; 1 Co. 10:13; Heb. 2:17-18; Heb. 4:14-16.
Declaraciones Doctrinales
Suscribirse a declaraciones doctrinales es crucial para proporcionar claridad doctrinal, proteger contra la herejía, unificar la enseñanza y el testimonio de la iglesia, y ofrecer una guía sólida para la vida y el ministerio. Siempre teniendo en cuenta la Palabra de Dios como la única regla infalible.