Una fe fundada en la Palabra de Dios, centrada en el evangelio de Jesucristo.
Iglesia Bautista Ciudad de Dios es una iglesia confesional. Nos apoyamos en los que vinieron antes que nosotros, habiéndose dedicado a la enseñanza de los apóstoles (Hechos 2:42). De hecho, los primeros cristianos confesaron juntos ciertas verdades doctrinales, como se ve en 1 Corintios 15:1-4 y Colosenses 1:15-20. En Ciudad de Dios queremos seguir su ejemplo. Por eso, ser una “iglesia confesional” significa que, juntos como cuerpo, “confesamos” o “nos aferramos a” verdades específicas de la fe cristiana.
Como cristianos confesionales, hemos hecho una adaptación a la Confesión de New Hampshire de 1853, que sirve como nuestra Declaración de Fe. Sin duda, esta confesión no explica todo lo que creen nuestros miembros, pero es un resumen de las creencias básicas necesarias para ser miembro de Ciudad de Dios. Además, entendemos que la Fe y Mensaje Bautista 2000 reflejan una explicación más completa de nuestra Declaración de Fe y una aplicación fiel de la misma a los problemas contemporáneos relacionados con la vida y la disciplina de nuestra iglesia.
La Santa Biblia fue escrita por hombres divinamente inspirados y es la revelación que Dios hace de sí mismo al hombre. Es un tesoro perfecto de instrucción divina. Tiene a Dios como su autor, su propósito es la salvación, y su tema es la verdad, sin mezcla alguna de error. Por tanto, toda la Escritura es totalmente verdadera y confiable. Ella revela los principios por los cuales Dios nos juzga, y por tanto es y permanecerá siendo hasta el fin del mundo, el centro verdadero de la unión Cristiana, y la norma suprema por la cual toda conducta, credos, y opiniones religiosas humanas deben ser juzgadas. Toda la Escritura es un testimonio de Jesús, quien es Él mismo el centro de la revelación divina.
Éxodo 24.4; Deuteronomio 4.1-2; 17.19; Josué 8.34; Salmos 19.7-10; 119.11, 89, 105, 140; Isaías 34.16; 40.8; Jeremías 15.16; 36.1-32; Mateo 5.17-18; 22.29; Lucas 21.33; 24.44-46; Juan 5.39; 16.13-15; 17.17; Hechos 2.16 y sgts.; 17.11; Romanos 15.4; 16.25-26; 2 Timoteo 3.15-17; Hebreos 1.1-2; 4..12; 1 Pedro 1.25, 2 Pedro 1.19-21.
Hay un Dios, y solo uno, viviente y verdadero. Él es un Ser inteligente, espiritual y personal, el Creador, Redentor, Preservador y Gobernador del universo. Dios es infinito en santidad y en todas las otras perfecciones. Dios es todopoderoso y omnisciente; y su perfecto conocimiento se extiende a todas las cosas, pasadas, presentes y futuras, incluyendo las decisiones futuras de sus criaturas libres. A Él le debemos el amor más elevado, reverencia y obediencia. El Dios eterno y trino se revela a sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, con distintos atributos personales, pero sin división de naturaleza, esencia o ser.
Dios como Padre reina con cuidado providencial sobre todo su universo, sus criaturas, y el fluir de la corriente de la historia humana de acuerdo a los propósitos de su gracia. Él es todopoderoso, omnisciente, todo amor, y todo sabio. Dios es Padre en verdad de todos aquellos que llegan a ser sus hijos por medio de la fe en Cristo Jesús. Él es paternal en su actitud hacia todos los hombres.
Génesis 1.1; 2.7; Éxodo 3.14; 6.2-3; 15.11 y sgts.; 20.l y sgts.; Levítico 22.2; Deuteronomio 6.4; 32.6; 1 Crónicas 29.10; Salmos 19.1-3; Isaías 43.3,15; 64.8; Jeremías 10.10; 17.13; Mateo 6.9 y sgts.; 7.11; 23.9; 28.19; Marcos 1.9-11; Juan 4.24; 5.26; 14.6-13; 17.1-8; Hechos 1.7; Romanos 8.14-15; 1 Corintios 8.6; Gálatas 4.6; Efesios 4.6; Colosenses 1.15; 1 Timoteo 1.17; Hebreos 11.6; 12.9; 1 Pedro 1.17; 1 Juan 5.7.
Cristo es el Hijo eterno de Dios. En su encarnación como Jesucristo fue concebido del Espíritu Santo y nacido de la virgen María. Jesús reveló y cumplió perfectamente la voluntad de Dios, tomando sobre sí mismo la naturaleza humana con sus demandas y necesidades e identificándose completamente con la humanidad, pero sin pecado. Él honró la ley divina por su obediencia personal, y en su muerte sustituta en la cruz, Él hizo provisión para la redención de los hombres del pecado. Él fue levantado de entre los muertos con un cuerpo glorificado y apareció a sus discípulos como la persona que estaba con ellos antes de su crucifixión. Él ascendió a los cielos y está ahora exaltado a la diestra de Dios donde Él es el Único Mediador, completamente Dios, completamente hombre, en cuya Persona se ha efectuado la reconciliación entre Dios y el hombre. Él volverá con poder y gloria para juzgar al mundo y consumar su misión redentora. Él mora ahora en todos los creyentes como el Señor vivo y omnisciente.
Génesis 18.1 y sgts.; Salmos 2.7 y sgts.; 110.1 y sgts.; Isaías 7.14; 53; Mateo 1.1823; 3.17; 8.29; 11.27; 14.33; 16.16,27; 17.5; 27; 28.1-6,19; Marcos 1.1; 3.11, Lucas 1.35; 4.41; 22.70; 24.46; Juan 1.1-18,29; 10.30,38; 11.25-27; 12.44-50; 14.7-11; 16.15-16,28; 17.1-5,21-22; 20.1-20,28; Hechos 1.9; 2.22-24; 7.55-56; 9.45,20; Romanos 1.3-4; 3.23-26; 5.6-21; 8.1-3,34; 10.4; 1 Corintios 1.30; 2.2; 8.6; 15.1-8, 24-28; 2 Corintios 5.19-21; 8.9; Gálatas 4.4-5; Efesios 1.20; 3.11; 4.7-10; Filipenses 2.5-11; Colosenses 1.13-22; 2.9; 1 Tesalonicenses 4.14-18; 1 Timoteo 2.5-6; 3.16; Tito 2.13-14; Hebreos 1.1-3; 4.14-15; 7.14-28; 9.12-15, 24-28; 12.2; 13.8; 1 Pedro 2.21-25; 3.22; 1 Juan 1.7-9; 3.2; 4.14-15; 5.9; 2 Juan 7-9; Apocalipsis 1.13-16; 5.9-14; 12.10-11; 13.8; 19.16.
El Espiritu Santo es el Espíritu de Dios, completamente divino. Él inspiró a santos hombres de la antigüedad para que escribieran las Escrituras. Mediante la iluminación Él capacita a los hombres para entender la verdad. Él exalta a Cristo. Él convence a los hombres de pecado, de justicia, y de juicio. Él llama a los hombres al Salvador, y efectúa la regeneración. En el momento de la regeneración Él bautiza a cada creyente en el Cuerpo de Cristo. Él cultiva el carácter cristiano, conforta a los creyentes, y les da los dones espirituales por medio de los cuales ellos sirven a Dios mediante su iglesia. Él sella al creyente para el día de la redención final. Su presencia en el cristiano es la garantía de que Dios llevará al creyente hasta alcanzar la plenitud de la estatura de Cristo. Él ilumina y da poder al creyente y a la iglesia en adoración, evangelismo, y servicio. Génesis 1.2; Jueces 14.6; Job 26.13; Salmos 51.11; 139.7 y sgts. Isaías 61.1-3; Joel 2.28-32; Mateo 1.18; 3.16; 4.1; 12.28-32; 28.19; Marcos 1.10,12; Lucas 1.35; 4.1, 18-19; 11.13; 12.12; 24.49; Juan 4.24; 14.16-17,26; 15.26; 16.7-14; Hechos 1.8; 2.1-4,38; 4.31; 5.3; 6.3; 7.55; 8.17,39; 10.44; 13.2; 15.28; 16.6; 19.1-6; Romanos .9-11,14-16,26-27; 1 Corintios 2.10-14; 3.16; 12.3-11,13; Gálatas 4.6; Efesios 1.13-14; 4.30; 5.18; 1 Tesalonicenses 5.19; 1 Timoteo 3.16; 4.1; 2 Timoteo 1.14; 3.16; Hebreos 9.8,14; 2 Pedro 1.21; 1 Juan 4.13; 5.6-7; Apocalipsis 1.10: 22.17.
El hombre es la creación especial de Dios, hecho a su propia imagen. Él los creó hombre y mujer como la corona de su creación. La dádiva del género es por tanto parte de la bondad de la creación de Dios. En el principio el hombre era inocente y fue dotado por Dios con la libertad para elegir. Por su propia decisión el hombre pecó contra Dios y trajo el pecado a la raza humana. Por medio de la tentación de Satanás el hombre transgredió el mandamiento de Dios, y cayó de su estado original de inocencia, por lo cual su posteridad heredó una naturaleza y un ambiente inclinado al pecado. Por tanto, tan pronto como son capaces de realizar una acción moral, se convierten en transgresores y están bajo condenación. Solamente la gracia de Dios puede traer al hombre a su compañerismo santo y capacitar al hombre para que cumpla el propósito creativo de Dios. La santidad de la personalidad humana es evidente en que Dios creó al hombre a su propia imagen, y en que Cristo murió por el hombre; por lo tanto, cada persona de cada raza posee absoluta dignidad y es digna del respeto y del amor Cristiano.
Génesis 1.26-30; 2.5, 7.18-22; 3; 9.6; Salmos 1; 8.3-6; 32.1-5; 51.5; Isaías 6.5; Jeremías 17.5; Mateo 16.26; Hechos 17.26-31; Romanos 1.19-32; 3.10-18,23; 5.6,12,19; 6.6; 7.14-25; 8.14-18,29; 1 Corintios 1.21-31; 15.19,21-22; Efesios 2.122; Colosenses 1.21-22; 3.9-11.
La salvación implica la redención total del hombre, y se ofrece gratuitamente a todos los que aceptan a Jesucristo como Señor y Salvador, quien por su propia sangre obtuvo redención eterna para el creyente. En su sentido más amplio la salvación incluye la regeneración, la justificación, la santificación, y la glorificación. No hay salvación aparte de la fe personal en Jesucristo como Señor.
A. Regeneración, o el nuevo nacimiento, es una obra de la gracia de Dios por la cual los creyentes llegan a ser nuevas criaturas en Cristo Jesús. Es un cambio de corazón, obrado por el Espíritu Santo por medio de la convicción de pecado, al cual el pecador responde en arrepentimiento hacia Dios y fe en el Señor Jesucristo. El arrepentimiento y la fe son experiencias de gracia inseparables. El arrepentimiento es una genuina vuelta del pecado hacia Dios. La fe es la aceptación de Jesucristo y la dedicación de la personalidad total a Él como Señor y Salvador.
B. Justificación, es la obra de gracia de Dios y la completa absolución basada en los principios de su gracia hacia todos los pecadores que se arrepienten y creen en Cristo. La justificación coloca al creyente en una relación de paz y favor con Dios.
C. Santificación es la experiencia que comienza en la regeneración, mediante la cual el creyente es separado para los propósitos de Dios, y es capacitado para progresar hacia la madurez moral y espiritual por medio de la presencia del Espíritu Santo que mora en él. El crecimiento en gracia debe continuar durante toda la vida de la persona regenerada.
D. Glorificación es la culminación de la salvación y es el estado bendito y permanente del redimido.
Génesis 3.15; Ëxodo 3.14-17; 6.2-8; Mateo 1.21; 4.17; 16.21-26; 27.22-28.6; Lucas 1.68-69; 2.28-32; Juan 1.11-14,29; 3.3-21,36; 5.24; 10.9,28-29; 15.1-16; 17.17; Hechos 2.21; 4.12; 15.11; 16.30-31; 17.30-31; 20.32; Romanos 1.16-18; 2.4; 3.23-25; 4.3 y sgts.; 5.8-10; 6.1-23; 8.1-18,29-39; 10.9-10,13; 13.11-14; 1 Corintios 1.18, 30; 6.19-20; 15.10; 2 Corintios 5.17-20; Gálatas 2.20; 3.13; 5.2225; 6.15; Efesios 1.7; 2.8-22; 4.11-16; Filipenses 2.12-13; Colosenses 1.9-22; 3.1 y sgts.; 1 Tesalonicenses 15.23-24; 2 Timoteo 1.12; Tito 2.11-14; Hebreos 2.1-3; 5.89; 9.24-28; 11.1-12.8,14; Santiago 2.14-26; 1 Pedro 1.2-23; 1 Juan 1.6-2.11; Apocalipsis 3.20; 21.1-22.5.
La elección es el propósito de la gracia de Dios, según el cual Él regenera, justifica, santifica y glorifica a los pecadores. Es consistente con el libre albedrío del hombre, e incluye todos los medios relacionados con el fin. Es la gloriosa expresión de la bondad soberana de Dios, y es infinitamente sabia, santa e inmutable. Excluye la jactancia y promueve la humildad.
Todos los verdaderos creyentes perseveran hasta el fin. Aquellos a quienes Dios ha aceptado en Cristo y santificado por su Espíritu, jamás caerán del estado de gracia, sino que perseverarán hasta el fin. Los creyentes pueden caer en pecado por negligencia y tentación, por lo cual contristan al Espíritu, menoscaban sus virtudes y su bienestar, y traen reproche a la causa de Cristo y juicios temporales sobre sí mismos; sin embargo, ellos serán guardados por el poder de Dios mediante la fe para salvación.
Génesis 12.1-3; Éxodo 19.5-8; 1 Samuel 8.4-7,19-22; Isaías 5.1-7; Jeremías 31.31 y sgts.; Mateo 16.18-19; 21.28-45; 24.22,31; 25.34; Lucas 1.68-79; 2.29-32; 19.4144: 24.44-48; Juan 1.12-14; 3.16; 5.24; 6.44-45,65; 10.27-29; 15.16; 17.6,12.1718: Hechos 20.32; Romanos 5.9-10; 8.28-29; 10.12-15; 11.5-7,26-36; 1 Corintios 1.1-2; 15.24-28; Efesios 1.4-23; 2.1-10; 3.1-11; Colosenses 1.12-14; 2 Tesalonicenses 2.13-14; 2 Timoteo 1.12; 2.10,19; Hebreos 11.39-12.2; Santiago 1.12; 1 Pedro 1.2-5,13; 2.4-10; 1 Juan 1.7-9; 2.19; 3.2.
Una iglesia del Nuevo Testamento del Señor Jesucristo es una congregación local y autónoma de creyentes bautizados, asociados en un pacto en la fe y el compañerismo del evangelio; cumpliendo las dos ordenanzas de Cristo, gobernada por sus leyes, ejercitando los dones, derechos, y privilegios con los cuales han sido investidos por su Palabra, y que tratan de predicar el evangelio hasta los fines de la tierra. Cada congregación actúa bajo el señorío de Jesucristo por medio de procesos democráticos. En tal congregación cada miembro es responsable de dar cuentas a Jesucristo como Señor. Sus oficiales escriturales son pastores y diáconos. Aunque tanto los hombres como las mujeres son dotados para servir en la iglesia, el oficio de pastor está limitado a los hombres, como lo limita la Escritura.
El Nuevo Testamento habla también de la iglesia como el Cuerpo de Cristo el cual incluye a todos los redimidos de todas las edades, creyentes de cada tribu, y lengua, y pueblo, y nación.
Mateo 16.15-19; 18.15-20; Hechos 2.41-42, 47; 5.11-14; 6.3-6; 14.23,27; 15.1-30; 16.5; 20.28; Romanos 1.7; 1 Corintios 1.2; 3.16; 5.4-5; 7.17; 9.13-14; 12, Efesios 1.22-23; 2.19-22; 3.8-11,21; 5.22-32; Filipenses 1.1; Colosenses 1.18; 1 Timoteo 2.9-14; 3.1-15; 4.14; Hebreos 11.39-40; 1 Pedro 5.1-4; Apocalipsis 2-3; 21.2-3.
El bautismo cristiano es la inmersión de un creyente en agua en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Es un acto de obediencia que simboliza la fe del creyente en un Salvador crucificado, sepultado y resucitado, la muerte del creyente al pecado, la sepultura de la antigua vida, y la resurrección para andar en novedad de vida en Cristo Jesús. Es un testimonio de su fe en la resurrección final de los muertos. Como es una ordenanza de la iglesia, es un requisito que precede al privilegio de ser miembro de la iglesia y a participar en la Cena del Señor.
La Cena del Señor es un acto simbólico de obediencia por el cual los miembros de la iglesia, al participar del pan y del fruto de la vid, conmemoran la muerte del Redentor y anuncian su segunda venida.
Mateo 3.13-17; 26.26-30; 28.19-20; Marcos 1.9-11; 14.22-26; Lucas 3.21-22; 22.19-20; Juan 3.23; Hechos 2.41-42; 8.35-39; 16.30.33; 20.7; Romanos 6.3-5; 1 Corintios 10.16,21; 11.23-29; Colosenses 2.12.
El primer día de la semana es el Día del Señor. Es una institución cristiana que se debe observar regularmente. Conmemora la resurrección de Cristo de entre los muertos y debe incluir ejercicios de adoración y devoción espiritual, tanto públicos como privados. Las actividades en el Día del Señor deben estar de acuerdo con la conciencia Cristiana bajo el Señorío de Jesucristo.
Éxodo 20.8-11; Mateo 12.1-12; 28.1 y sgts.; Marcos 2.27-28; 16.1-7; Lucas 24.13,33-36; Juan 4.21-24; 20.1,19-28; Hechos 20.7; Romanos 14.5-10; 1 Corintios 16.1-2; Colosenses 2.16; 3.16; Apocalipsis 1.10.
El Reino de Dios incluye tanto su soberanía general sobre el universo como su señorío particular sobre los hombres que voluntariamente lo reconocen como Rey. Particularmente el Reino es el reino de la salvación en el cual los hombres entran mediante su entrega a Jesucristo por medio de una fe y confianza semejante a la de un niño. Los Cristianos deben orar y trabajar para que venga el Reino y que la voluntad de Dios se haga en la tierra. La consumación final del Reino espera el regreso de Jesucristo y el fin de esta era.
Génesis 1.1; Isaías 9.6-7; Jeremías 23.5-6; Mateo 3.2; 4.8-10,23; 12.25-28; 13.152; 25.31-46; 26.29; Marcos 1.14-15; 9.1; Lucas 4.43; 8.1; 9.2; 12.31-32; 17.2021; 23.42; Juan 3.3; 18.36; Hechos 1.6-7; 17.22-31; Romanos 5.17; 8.19; 1 Corintios 15.24-28; Colosenses 1.13; Hebreos 11.10,16; 12.28; 1 Pedro 2.4-10; 4.13; Apocalipsis 1.6,9; 5.10; 11.15; 21- 22.
Dios, en su propio tiempo y en su propia manera, traerá el mundo a su fin apropiado. De acuerdo a su promesa, Jesucristo regresará a la tierra en gloria de manera personal y visible; los muertos resucitarán; y Cristo juzgará a todos los hombres en justicia. Los injustos serán consignados al Infierno, el lugar del castigo eterno. Los justos en sus cuerpos resucitados y glorificados recibirán su recompensa y morarán para siempre en el Cielo con el Señor.
Isaías 2.4; Mateo 16.27; 18.8.9; 19.28; 24.27,30,36,44; 25.31-46; 26.64; Marcos 8.38; 9.43-48: Lucas 12.40,48; 16.19-26; 17.22-37; 21.27-28; Juan 14.1-3; Hechos 1.11; 17.31; Romanos 14.10; 1 Corintios 4.5; 15.24-28,35-58; 2 Corintios 5.10; Filipenses 3.20-21; Colosenses 1.5; 3.4; 1 Tesalonicenses 4.14-18; 5.1 y sgts. 2 Tesalonicenses 1.7 y sgts.; 2; 1 Timoteo 6.14; 2 Timoteo 4.1,8; Tito 2.13; Hebreos 9.27-28; Santiago 5.8; 2 Pedro 3.7 y sgts. 1 Juan 2.28; 3.2; Judas 14; Apocalipsis 1.18; 3.11; 20:1-22.13.
Es deber y privilegio de cada seguidor de Cristo y de cada iglesia del Señor Jesucristo esforzarse por hacer discípulos de todas las naciones. El nuevo nacimiento del espíritu del hombre por el Espíritu Santo de Dios significa el nacimiento del amor a los demás. El esfuerzo misionero de parte de todos, por lo tanto, depende de una necesidad espiritual de la vida regenerada, y se expresa y ordena repetidamente en las enseñanzas de Cristo. El Señor Jesucristo ha ordenado que se predique el evangelio a todas las naciones. Es deber de cada hijo de Dios procurar constantemente ganar a los perdidos para Cristo mediante el testimonio personal apoyado por un estilo de vida Cristiano, y por otros métodos que estén en armonía con el evangelio de Cristo.
Génesis 12.1-3; Éxodo 19.5-6; Isaías 6.1-8; Mateo 9.37-38; 10.5-15; 13.18-30,3743; 16.19; 22.9-10; 24.14; 28.18-20; Lucas 10.1-18; 24.46-53; Juan 14.11-12; 15.7-8,16; 17.15; 20.21; Hechos 1.8; 2.; 8.26-40; 10.42-48; 13.2-3; Romanos 10.13-15; Efesios 3.1-11; 1 Tesalonicenses 1.8; 2 Timoteo 4.5; Hebreos 2.1-3; 11.39-12.2; 1 Pedro 2.4-10; Apocalipsis 22.17.
El Cristianismo es la fe de la iluminación y la inteligencia. En Jesucristo habitan todos los tesoros de sabiduría y conocimiento. Todo conocimiento básico es, por lo tanto, una parte de nuestra herencia cristiana. El nuevo nacimiento abre todas las facultades humanas y crea sed de conocimiento. Por otra parte, la causa de la educación en el Reino de Cristo está coordinada con las causas de las misiones y de la beneficencia, y debe recibir juntamente con éstas el apoyo liberal de las iglesias. Un sistema adecuado de educación Cristiana es necesario para completar el programa espiritual del cuerpo de Cristo.
En la educación Cristiana debe haber un balance apropiado entre la libertad académica y la responsabilidad académica. La libertad en cualquier relación humana ordenada es siempre limitada y nunca absoluta. La libertad de un maestro en una institución educacional Cristiana, escuela, colegio, universidad o seminario, está siempre limitada por la preeminencia de Jesucristo, la naturaleza autoritativa de las Escrituras, y por el propósito distintivo para el cual la escuela existe.
Deuteronomio 4.1,5,9,14; 6.1-10; 31.12-13; Nehemías 8.1-8; Job 28.28; Salmos 19.7 sgts. 119.11; Proverbios 3.13 y sgts.; 4.1-10; 8.1-7,11; 15.14; Eclesiastés 7.19; Mateo 5.2; 7.2 y sgts.; 28.19-20; Lucas 2.40; 1 Corintios 1.18-31; Efesios 4.11-16; Filipenses 4.8; Colosenses 2.3,8-9; 1 Timoteo 1.3-7; 2 Timoteo 2.15; 3.1417; Hebreos 5.12-6.3; Santiago 1.5; 3.17.
Dios es la fuente de todas las bendiciones, temporales y espirituales; todo lo que tenemos y somos se lo debemos a Él. Los Cristianos están endeudados espiritualmente con todo el mundo, un encargo santo en el evangelio, y una mayordomía obligatoria en sus posesiones. Por tanto, están bajo la obligación de servir a Dios con su tiempo, talentos y posesiones materiales; y deben reconocer que todo esto les ha sido confiado para que lo usen para la gloria de Dios y para ayudar a otros. De acuerdo con las Escrituras, los Cristianos deben contribuir de lo que tienen, alegre, regular, sistemática, proporcional y liberalmente para el progreso de la causa del Redentor en la tierra.
Génesis 14.20; Levítico 27.30-32; Deuteronomio 8.18; Malaquías 3.8-12; Mateo 6.1-4,19-21; 19.21; 23.23; 25.14-29; Lucas 12.16-21,42; 16.1-13; Hechos 2.44-47; 5.1-11; 17.24; 25.20-35; Romanos 6.6-22; 12.1-2; 1 Corintios 4.1-2; 6.19-20; 12; 16.1-4; 2 Corintios 8-9; 12.15; Filipenses 4.10-19; 1 Pedro 1.18-19.
El pueblo de Cristo debe, según la ocasión lo requiera, organizar tales asociaciones y convenciones que puedan asegurar de la mejor manera posible la cooperación necesaria para lograr los grandes objetivos del Reino de Dios. Tales organizaciones no tienen autoridad una sobre otra ni sobre las iglesias. Ellas son organizaciones voluntarias para aconsejar, para descubrir, combinar y dirigir las energías de nuestro pueblo de la manera más eficaz. Los miembros de las iglesias del Nuevo Testamento deben cooperar unos con otros en llevar adelante los ministerios misioneros, educacionales y benevolentes para la extensión del Reino de Cristo. La unidad Cristiana en el sentido del Nuevo Testamento, es armonía espiritual y cooperación voluntaria para fines comunes por varios grupos del pueblo de Cristo. La cooperación entre las denominaciones Cristianas es deseable, cuando el propósito que se quiere alcanzar se justifica en sí mismo, y cuando tal cooperación no incluye violación alguna a la conciencia ni compromete la lealtad a Cristo y su Palabra como se revela en el Nuevo Testamento.
Éxodo 17.12; 18.17 y sgts.; Jueces 7.21; Esdras 1.3-4; 2.68-69; 5.14-15; Nehemías 4; 8.1-5; Mateo 10.5-15; 20.1-16; 22.1-10; 28.19-20; Marcos 2.3; Lucas 10.1 y sgts.; Hechos 1.13-14; 2.1 y sgts.; 4.31-37; 13.2-3; 15.1-35; 1 Corintios 1.10-17; 3.5-15; 12;2 Corintios 8 y 9; Gálatas 1.6-10; Efesios 4.1-16; Filipenses 1.15-18.
Todos los Cristianos están bajo la obligación de procurar hacer que la voluntad de Cristo sea soberana en nuestras propias vidas y en la sociedad humana. Los medios y los métodos usados para mejorar la sociedad y para el establecimiento de la justicia entre los hombres pueden ser verdadera y permanentemente útiles solamente cuando están enraizados en la regeneración del individuo por medio de la gracia salvadora de Dios en Jesucristo. En el espíritu de Cristo, los cristianos deben oponerse al racismo, a toda forma de codicia, egoísmo, vicio, a todas las formas de inmoralidad sexual, incluyendo el adulterio, la homosexualidad y la pornografía. Nosotros debemos trabajar para proveer para los huérfanos, los necesitados, los abusados, los ancianos, los indefensos y los enfermos. Debemos hablar a favor de los que no han nacido y luchar por la santidad de toda la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. Cada cristiano debe procurar hacer que la industria, el gobierno y la sociedad como un todo estén regidos por los principios de la justicia, la verdad y el amor fraternal. Para promover estos fines los Cristianos deben estar dispuestos a trabajar con todos los hombres de buena voluntad en cualquier causa, siendo siempre cuidadosos de actuar en el espíritu de amor sin comprometer su lealtad a Cristo y a su verdad.
Éxodo 20.3-17; Levítico 6.2-5; Deuteronomio 10.12; 27.17; Salmos 101.5; Miqueas 6.8; Zacarías 8.16; Mateo 5.13-16,43-48; 22.36-40; 25.35; Marcos 1.29-34; 2.3 y sgts.; 10.21; Lucas 4.18-21; 10.27-37; 20.25; Juan 15.12; 17.15; Romanos 12-14; 1 Corintios 5.9-10; 6.1-7; 7.20-24; 10.23-11-1; Gálatas 3.26-28; Efesios 6.5-9; Colosenses 3.12-17; 1 Tesalonicenses 3.12; Filemón; Santiago 1.27; 2.8.
Es el deber de todo cristiano buscar la paz con todos los hombres basándose en los principios de justicia. De acuerdo con el espíritu y las enseñanzas de Cristo, ellos deben hacer todo lo que esté de su parte para poner fin a la guerra.
El verdadero remedio al espíritu guerrero es el evangelio de nuestro Señor. La necesidad suprema del mundo es la aceptación de sus enseñanzas en todas las relaciones de hombres y naciones, y la aplicación práctica de su ley de amor. Las personas Cristianas en todo el mundo deben orar por el reino del Príncipe de Paz.
Isaías 2.4; Mateo 5.9,38-48; 6.33; 26.52; Lucas 22.36,38; Romanos 12.18-19; 13.1-7; 14.19; Hebreos 12.14; Santiago 4.1-2.
Solamente Dios es Señor de la conciencia, y Él la ha dejado libre de las doctrinas y de los mandamientos de hombres que son contrarios a su Palabra o no contenidos en ella. La iglesia y el estado deben estar separados. El estado debe protección y completa libertad a toda iglesia en el ejercicio de sus fines espirituales. Al proveer tal libertad ningún grupo eclesiástico o denominación debe ser favorecida por el estado sobre otros grupos. Como el gobierno civil es ordenado por Dios, es deber de los Cristianos rendirle obediencia leal en todas las cosas que no son contrarias a la voluntad revelada de Dios. La iglesia no debe recurrir al poder civil para realizar su obra. El evangelio de Cristo considera solamente los medios espirituales para alcanzar sus fines. El estado no tiene derecho a imponer penalidades por opiniones religiosas de cualquier clase. El estado no tiene derecho a imponer impuestos para el sostenimiento de ninguna forma de religión. El ideal cristiano es el de una iglesia libre en un estado libre, y esto implica el derecho para todos los hombres del acceso libre y sin obstáculos a Dios, y el derecho a formar y propagar opiniones en la esfera de la religión, sin interferencia por parte del poder civil.
Génesis 1.27; 2.7; Mateo 6.6-7,24; 16.26; 22.21; Juan 8.36; Hechos 4.19-20; Romanos 6.1-2; 13.1-7; Gálatas 5.1,13; Filipenses 3.20; 1 Timoteo 2.1-2; Santiago 4.12; 1 Pedro 2.12-17; 3.11-17; 4.12.19.
Dios ha ordenado la familia como la institución fundamental de la sociedad humana. Está compuesta por personas relacionadas unas con otras por matrimonio, sangre o adopción.
El matrimonio es la unión de un hombre y una mujer en un pacto de compromiso por toda la vida. Es el don único de Dios para revelar la unión entre Cristo y Su iglesia y para proveer para el hombre y la mujer en el matrimonio un medio para compañerismo íntimo, el canal para la expresión sexual de acuerdo a los patrones bíblicos, y los medios para la procreación de la raza humana.
El esposo y la esposa tienen el mismo valor delante de Dios, puesto que ambos fueron creados a la imagen de Dios. La relación matrimonial modela la forma como Dios se relaciona con su pueblo. Un esposo debe amar a su esposa como Cristo amó a la iglesia. Él tiene la responsabilidad dada por Dios de proveer, proteger y dirigir a su familia. Una esposa debe someterse con gracia al liderazgo como siervo de su esposo, así como la iglesia se sujeta voluntariamente a la dirección de Cristo. Ella, siendo creada a la imagen de Dios como lo es su marido, y por tanto igual a él, tiene la responsabilidad dada por Dios de respetar a su marido y servirle de ayuda en la administración del hogar y la educación de la próxima generación.
Los niños, desde el momento de la concepción, son una bendición y herencia del Señor. Los padres deben demostrar a sus hijos el modelo de Dios para el matrimonio. Los padres deben enseñar a sus hijos los valores espirituales y morales, y dirigirlos, mediante el ejemplo de un estilo de vida consistente y una disciplina amorosa, para que hagan decisiones basadas en la verdad bíblica. Los hijos deben honrar y obedecer a sus padres.
Génesis 1.26-28; 2.15-25; 3.1-20; Éxodo 20.12; Deuteronomio 6.4-9; Josué 24.15; 1 Samuel 1.26-28; Salmos 51.5; 78.1-8; 127; 128; 139.13-16; Proverbios 1.8; 5.1520; 6.20-22; 12.4; 13.24; 14.1; 17.6; 18.22; 22.6,15; 23.13-14; 24.3: 29.15,17; 31.10-31; Eclesiastés 4.9-12; 9.9; Malaquías 2.14-16; Mateo 5.31-32; 18.2-5; 19.3-9; Marcos 10.6-12; Romanos 1.18-32; 1 Corintios 7.1-16; Efesios 5.21-33; 6.1-4; Colosenses 3.18-21; 1 Timoteo 5.8,14; 2 Timoteo 1.3-5; Tito 2.3-5;
Preámbulo a esta Confesión de Fe
La presente confesión es una adaptación de la Confesión Bautista de Fe de New Hampshire de 1833, siendo un extracto de la más reconocida confesión bautista, la Confesión Bautista de Fe de Londres de 1689. Teniendo en cuenta la contextualización de cada iglesia local, se ha editado y agregado a la confesión puntos importantes que ponen en claro la postura de los miembros de Iglesia Bautista Ciudad de Dios.
Creemos que la Santa Biblia fue escrita por hombres divinamente inspirados y que es un tesoro perfecto de instrucción divina; Dios es su autor, la salvación es su fin y es la verdad sin ningún tipo de error en todo lo que dice y sin ningún tipo de error en su contenido. La Biblia revela los principios por los cuales Dios nos juzgará y, por lo tanto, es y permanecerá siendo hasta el fin del mundo el verdadero centro de la unión cristiana, y la regla suprema por la cual toda conducta humana, credos y opiniones deben ser probados.
2 Ti. 3:16, 17; 2 P. 1:21; 2 S. 23:2; Hch. 1:16; Pr. 30:5, 6; Jn 17:17; Ro. 3:4; Ap. 22:18, 19; Ro. 2:12; 1 Co. 4:3, 4; Lc. 10:10-16; 12:47, 48.
Creemos que solo existe un solo Dios, el único Dios vivo y verdadero, es un Espíritu eterno, personal, e inteligente, y su nombre es YAHWEH[1], el Creador, Gobernador Supremo del universo[2]; inefablemente glorioso en santidad[3] y digno del más elevado honor, obediencia y amor[4]; en la unidad de Dios existen tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo[5]; iguales en divina perfección y ejecutando distintos, pero armoniosos, oficios en la gran obra de redención.
[1] Transliteración del nombre hebreo YHWH (Tetragrámaton).
Jn. 4:24; Sal. 147:5; He. 3:4; Ro. 1:20; Jer. 10:10; Éx. 15:11; Is. 6:3; 1 P. 1:16; Ap. 4:6-8; Mr. 12:30; Ap. 4:11; Mt. 10:37; Jer. 2:12, 13; Mt. 28:19; Jn. 15:26; 1 Co. 12:4-6.
Creemos que el hombre fue creado en santidad, sujeto a la ley de su Creador; pero, por transgresión voluntaria, el hombre cayó de tal santidad y estado de felicidad. En consecuencia, toda la humanidad es ahora pecadora, no por fuerza sino por elección. El hombre está entonces, por naturaleza, desprovisto de la santidad que requiere la ley de Dios, inclinado al mal y, por lo tanto, bajo justa condenación a la ruina eterna, sin defensa ni excusa.
Gn. 1:27; Gn. 1:31; Ec. 7:29; Hch. 17:26-29; Gn. 2:16-17; Gn. 3:6-24; Ro. 5:12; Ro. 5:15-19; Sal. 51:5; Ro. 8:7; Is. 53:6; Gn. 6:12; Ro. 3:9-18; Ef. 2:1-3; Ro. 1:18,32; Ro. 2:1-16; Gá. 3:10; Mt. 20:15; Ez. 18:19-20; Ro. 1:20; Ro. 3:19; Gá. 3:22.
Creemos que la salvación de los pecadores es totalmente por gracia a través de la obra mediadora del Hijo de Dios, el cual, por elección del Padre, voluntariamente tomó sobre Él nuestra naturaleza, aunque sin pecado; honró la ley divina con su obediencia personal, y por su muerte hizo completa expiación por nuestros pecados. Habiendo resucitado de los muertos, ahora está en el Cielo sentado en el trono y, reuniendo en su maravillosa persona las más tiernas simpatías de perfección divina, está calificado en todos los aspectos para ser un Salvador idóneo, compasivo y todo suficiente.
Ef. 2:3; Mt. 18:11; 1 Jn. 4:10; 1 Co. 3:5-7; Hch. 15:11; Jn. 3:16; Jn. 1:1-14; Heb. 4:14; Heb. 12:24; Fil. 2:9,14; 2 Co. 5:21; Is. 42:21; Fil. 2:8; Gá. 4:4-5; Ro. 3:21; Is. 53:4-5; Mt. 20:28; Ro. 4:25; Ro. 3:21-26; 1 Jn. 2:3; 1 Co. 15:1-3; Heb. 9:13-15; Heb. 1:8; Heb. 1:3; Col. 3:1-4; Heb. 7:25; Col. 2:18; Heb. 7:26; Sal. 89:19; Sal. 34.
Creemos que la gran bendición del Evangelio que Cristo les asegura a los que creen en Él es la Justificación; esa justificación incluye el perdón del pecado y la promesa de vida eterna en los principios de la justicia; que la misma es imputada, no en consideración de las buenas obras que pudimos haber hecho, sino únicamente a través de la fe en la sangre del Redentor; en virtud de dicha fe, Su justicia perfecta nos es imputada gratuitamente por Dios; que esta fe nos trae a un estado de bendita paz y favor con Dios, y nos asegura toda otra bendición que sea necesaria en este tiempo y por la eternidad.
Jn. 1:16; Ef. 3:8; Hch. 13:39; Is. 53:11-12; Ro. 5:1-2; Ro. 5:9; Zac. 13:1; Mt. 9:6; Hch. 10:43; Ro. 5:17; Tito 3:5-7; 1 P. 3:7; 1 Jn. 2:25; Ro. 5:21; Ro. 4:4-5; Ro. 6:23; Fil. 3:7-9; Ro. 5:19; Ro. 3:24-26; Ro. 4:23-25; 1 Jn. 2:12; Ro. 5:3; Ro. 5:11; 1 Co. 1:30-31; Mt. 6:33; 1 Ti. 4:8.
Creemos que las bendiciones de la salvación se encuentran disponibles para todos a través del Evangelio; que es el deber inmediato de todos aceptarlas por una fe sincera, arrepentida y obediente; y que nada impide la salvación del más grande pecador sobre la tierra, sino su propia depravación inherente y su rechazo voluntario del Evangelio; dicho rechazo lo envuelve en una condenación mayor.
Is. 55:1; Ap. 22:17; Ro. 16:25-26; Mc. 1:15; Ro. 1:15-17; Jn. 5:40; Mt. 23:37; Ro. 9:32; Pr. 1:24; Hch. 13:46; Jn. 3:19; Mt. 11:20; Lc. 10:27; 2 Ts. 1:8.
Creemos que, para ser salvos, los pecadores deben ser regenerados o nacidos de nuevo; que la regeneración consiste en proveer una sana disposición de la mente, lo cual es efectuado en una manera que va más allá de nuestra comprensión, por el poder del Espíritu Santo en conexión con la verdad divina para asegurar nuestra obediencia voluntaria al evangelio; y que la evidencia apropiada aparece en los santos frutos de arrepentimiento, fe y nueva vida.
Jn. 3:3; Jn. 3:6-7; 1 Co. 3:14; Ap. 14:3; Ap. 21:27; 2 Co. 5:17; Ez. 36:26; Dt. 30:6; Ro. 2:28-29; Ro. 5:5; 1 Jn. 4:7; Jn. 3:8; Jn. 1:13; Stg. 1:16-18; 1 Co. 1:30; Fil. 2:13; 1 P. 1:22-25; 1 Jn. 5:1; Ef. 4:20-24; Col. 3:9-11; Ef. 5:9; Ro. 8:9; Gá. 5:16-23; Ef. 3:14-21; Mt. 3:8-10; Mt. 7:20; 1 Jn. 5:4, 18.
Creemos que el arrepentimiento y la fe son deberes sagrados y también gracias inseparables, cultivadas en el alma por el Espíritu regenerador de Dios; siendo profundamente convencidos de culpa, peligro e impotencia, y del medio de salvación a través de Cristo, nos volvemos a Dios con contrición sincera, confesión y súplica por misericordia; al mismo tiempo, recibimos al Señor Jesucristo como nuestro Profeta, Sacerdote y Rey, confiando en Él como el único y suficiente Salvador.
Mc. 1:15; Hch. 11:18; Ef. 2:8; 1 Jn. 5:1; Jn. 16:8; Hch. 2:37-38; Hch. 16:30-31; Lc. 18:13; Lc. 15:18-21; Stg. 4:7-10; 2 Co. 7:11; 1 Ti. 6:12-13; Sal. 51; Ro. 10:9-11; Hch. 3:22-23; Heb. 4:14; Sal. 2:6; Heb. 1:8; Heb. 7:25; 2 Ti. 1:12.
Creemos que la Elección es el propósito eterno de Dios, a través de la cual Él por gracia regenera, santifica y salva a los pecadores; esto es perfectamente compatible con el libre albedrío del hombre; que comprende todos los medios en relación con el fin; que es la más gloriosa muestra de la bondad soberana de Dios, siendo infinitamente libre, sabio, santo e inmutable; que excluye totalmente la jactancia y promueve la humildad, el amor, la oración, la alabanza, la confianza en Dios y la imitación activa de su misericordia gratuita; que alienta el uso de los medios del más alto nivel; que puede comprobarse por sus efectos en todos los que verdaderamente creen en el Evangelio; que es el fundamento de la seguridad cristiana y comprobarlo respecto a nosotros mismos demanda y merece nuestra mayor diligencia.
2 Ti. 1:8-9; Ef. 1:3-14; 1 P. 1:1-2; Ro. 11:5-6; Jn. 15:16; 1 Jn. 4:19; 2 Ts. 2:13-14; Hch. 13:48; Jn. 10:16; Mt. 20:16; Hch. 15:14; Éx. 33:18-19; Mt. 20:15; Ef. 1:11; Ro. 9:23-24; Jer. 31:3; Ro. 11:28-29; Stg. 1:17-18; 2 Ti. 1:9; Ro. 11:32-36; 1 Co. 1:26-31; Ro. 3:27; Ro. 4:16; Col. 3:12; 1 Co. 3:5-7; 1 Co. 15:10; 1 P. 5:10; Hch. 1:24; 1 Ts. 2:13; 1 P. 2:9; Lc. 18:7; 1 Ts. 2:12; 2 Ti. 2:10; 1 Co. 9:22; Ro. 8:28-30; Jn. 6:37-40; 1 Ts. 1:4-10; Is. 42:16; 2 P. 1:10-11; Fil. 3:12; Heb. 6:11.
Creemos que la santificación es el proceso por el cual, de acuerdo a la voluntad de Dios, somos hechos partícipes de Su santidad; que es una obra progresiva que empezó en la regeneración y es llevada a cabo en el corazón de los creyentes por la presencia y el poder del Espíritu Santo, el Consolador, en uso continuo de los medios designados ―especialmente la Palabra de Dios, el auto-examen, la auto-negación, vigilancia y oración.
1 Ts. 4:3; 1 Ts. 5:23; 2 Co. 7:1; 2 Co. 13:10; Fil. 3:12-16; 1 Jn. 2:29; Ro. 8:5; Ef. 1:4; Pr. 4:18; 2 Co. 3:18; Heb. 6:1; 2 P. 1:5-8; Jn. 3:6; Fil. 1:9-11; Ef. 1:13-14; Fil. 2:12-13; Ef. 4:11-12; 1 P. 2:2; 2 P. 3:18; 2 Co. 13:5; Lc. 11:35; Lc. 9:23; Mt. 26:41; Ef. 6:18; Ef. 4:30.
Creemos que sólo los creyentes verdaderos perseveran hasta el fin; que su unión perseverante a Cristo es la gran marca que los distingue de los profesantes superficiales; que una Providencia especial vela por su bienestar y que son guardados por el poder de Dios mediante la fe para salvación.
Jn. 8:31; 1 Jn. 2:27-28; 1 Jn. 3:9; 1 Jn. 5:18; 1 Jn. 2:19; Jn. 13:18; Mt. 13:20-21; Jn. 6:66-69; Job 17:9; Ro. 8:28; Mt. 6:30-33; Jer. 32:40; Sal. 121:3; Sal. 91:11-12; Fil. 1:6; Fil. 2:13; Jud. 24-25; Heb. 1:14; 2 Re. 6:16; Heb. 13:5; 1 Jn. 4:4.
Creemos que la Ley de Dios es la regla eterna e inmutable de su gobierno moral; que es santa, justa y buena; que la inhabilidad que la Escritura asigna al hombre pecador en cumplir sus preceptos se levanta enteramente de su amor por el pecado; que el librarlo de esto y restaurarlo a través del Mediador a una obediencia no fingida a la Ley santa, es uno de los grandes propósitos del Evangelio y de los Medios de la Gracia conectados con el establecimiento de la iglesia visible.
Ro. 3:31; Mt. 5:17; Lc. 16:17; Ro. 3:20; Ro. 4:15; Ro. 7:12; Ro. 7:7,14-22; Gá. 3:21; Sal. 119; Ro. 8:7-8; Jos. 24:19; Jer. 13:23; Jn. 6:44; Jn. 5:44; Ro. 8:2-4; Ro. 10:4; 1 Ti. 1:5; Heb. 8:10; Jud. 20-21.
Creemos que una iglesia visible de Cristo es una congregación de creyentes bautizados, asociados por un pacto en la fe y comunión en el Evangelio; observando las ordenanzas de Cristo, gobernados por Sus leyes y ejerciendo los dones, derechos y privilegios investidos en ellos por medio de su palabra; que sus únicos oficiales bíblicos son los ancianos (también llamados obispos o pastores) y diáconos, cuyas afirmaciones/demandas, calificaciones y funciones están especificadas en las Epístolas a Timoteo y Tito.
1 Co. 1:1-3; Mt. 18:17; Hch. 5:11; Hch. 8:1; Hch. 11:21-23; 1 Co. 4:17; 1 Co. 14:23; 3 Jn. 9; 1 Ti. 3:5; Hch. 2:41-42; 2 Co. 8:5; Hch. 2:47; 1 Co. 5:12-13; 1 Co. 11:2; 2 Ts. 3:6; Ro. 16:17-20; 1 Co. 11:23-24; Mt. 18:15-20; 1 Co. 5:6; 2 Co. 2:17; Mt. 28:20; Jn. 14:15; Jn. 15:12; 1 Jn. 2:21; 1 Ts. 4:2; 2 Jn. 6; Gá. 6:2; Ef. 4:7; 1 Co. 14:12; Fil. 1:1; Hch. 14:23; Hch. 15:22; 1 Ti. 3; Tito 1.
Creemos que el bautismo cristiano es la inmersión de un creyente en agua, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para mostrar así en un emblema solemne y hermoso nuestra fe en el crucificado, enterrado y resucitado Salvador, con sus efectos en nuestra muerte al pecado y resurrección a una nueva vida; que es requisito previo para los privilegios de una relación eclesiástica y para la Cena del Señor, en la cual los miembros de la iglesia, por el sagrado uso del pan y del vino, han de conmemorar juntos el amor agonizante de Cristo, precedido siempre por un solemne auto-examen.
Hch. 8:36-39; Mt. 3:5-6; Jn. 3:22-23; Jn. 4:12; Mt. 28:19-20; Mc. 16:16; Hch. 2:38; Hch. 8:12; Hch. 16:32-34; Hch. 18:8; Hch. 10:47-48; Gá. 3:26-28; Ro. 6:4; Col. 2:12; 1 P. 3:20-21; Hch. 22:16; Hch. 2:41-42; 1 Co. 11:26; Mt. 26:26-29; Mc. 14:22-25; Lc. 22:14-20; 1 Co. 11:28; 1 Co. 5:1-8; 1 Co. 10:3-32; 1 Co. 11:17-32; Jn. 6:26.
Creemos que el primer día de la semana es el Día del Señor; que este era el día en que las iglesias del Nuevo Testamento se reunían para la adoración cristiana y para la edificación en memoria de la resurrección de nuestro Señor; por lo tanto, que el domingo está reservado para la reunión de la iglesia con esos mismos fines.
Hch. 20:7; Gn. 2:3; Col. 2:16-17; Mc. 2:27; Jn. 20:19; 1 Co. 16:1-2; Ex. 20:8; Ap. 1:10; Sal. 118:15,24; Is. 58:13-14; Is. 56:2-8; Heb. 10:24-25; Hch. 11:26; Hch. 13:44; Lv. 19:30; Lc. 4:16; Hch. 17:2-3; Sal. 26:8; Sal. 87:3; Heb. 4:3-11.
Creemos que el Gobierno Civil es divinamente designado para los intereses y el buen orden de la sociedad humana, y que los magistrados deben ser llevados en oración, diligentemente honrados y obedecidos, excepto en aquellos asuntos que se opongan a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, quien es el único Señor de nuestras consciencias y el Príncipe de los reyes de la tierra.
Ro. 13:1-7; Dt. 16:18; 2 S. 23:3; Ex. 18:23; Jer. 30:21; Mt. 22:21; Tito 3:1; 1 P. 2:13; 1 Ti. 2:1-4; Hch. 5:29; Mt. 28; Dn. 3:15-18; Dn. 6:7-10; Hch. 4:18-20; Mt. 23:10; Ro. 14:4; Ap. 19:16; Sal. 72:11; Sal. 2; Ro. 14:9-13.
Creemos que hay una diferencia esencial y radical entre los justos y los injustos; que sólo aquellos que son justificados mediante la fe en el nombre del Señor Jesucristo y santificados por el Espíritu de nuestro Dios son verdaderamente justos a Sus ojos, mientras que los que continúan en la impenitencia y la incredulidad son malvados a Sus ojos; y que la distinción se mantiene entre los hombres tanto en la muerte cómo después de ella.
Mal. 3:18; Pr. 12:26; Is. 5:20; Gn. 18:23; Jer. 15:19; Hch. 10:34-35; Ro. 6:16; Ro. 1:17; Ro. 7:6; 1 Jn. 2:29; 1 Jn. 3:7; Ro. 6:18,22; 1 Co. 11:32; Pr. 11:31; 1 P. 4:17-18; 1 Jn. 5:19; Gá. 3:10; Jn. 3:36; Is. 57:21; Sal. 10:4; Is. 55:6-7; Pr. 14:32; Lc. 16:25; Jn. 8:21-24; Pr. 10:24; Lc. 12:4-5; Lc. 9:23-26; Ec. 3:17; Mt. 7:13-14.
Creemos que el hombre y la mujer son ambos creados a la imagen de Dios, lo cual implica que ambos tienen la misma importancia y el mismo valor esencial dado por Dios. Sin embargo, los roles no son los mismos, ambos existen para complementarse uno al otro en roles, capacidades y autoridad en las diferentes esferas de la sociedad humana. De esa manera, creemos que el hombre tiene el llamado a ser cabeza y líder, ejerciendo un liderazgo amoroso y servicial, mientras que la mujer tiene el llamado a ser ayuda idónea para el hombre, apoyando gozosamente el liderazgo del hombre por medio de sus dones y capacidades en sumisión piadosa.
Gn.1:27; 1 Co. 11:11, 12; Gá. 3:28; Gn. 2:15-18, Ef. 5:22-24; Gn. 2:24; Ef. 5:25-30; Gn 2:18; 1 Co. 11:3; Ef. 5:22-24.
Es la posición bíblica que el matrimonio involucre la unión de un hombre y una mujer en una fidelidad sagrada y permanente. Aunque varias culturas y costumbres tienen definiciones del matrimonio que evolucionan, solo Dios tiene la autoridad final para prescribir y describir la relación marital.
Más aún, la intimidad sexual es solamente ejercida propiamente y perseguida dentro de los confines de la relación marital. La inmoralidad sexual, definida como cualquier actividad sexual fuera de los límites de la relación sagrada matrimonial entre un hombre y una mujer, es clara y expresamente prohibida por el Señor.
Como consecuencia, la iglesia entiende que cualquiera y toda forma de inmoralidad sexual, incluyendo el adulterio, fornicación, conducta homosexual, conducta bisexual, bestialidad, incesto, pornografía y aun alguna intención lujuriosa, es pecaminosa y en última instancia, insatisfactoria.
Más aún, la iglesia entiende como pecaminosa la intención o el deseo de quirúrgicamente alterar el sexo biológico a un sexo distinto. Ya que el cuerpo es una creación de Dios, la iglesia abraza que la identidad sexual está biológicamente determinada, y las normas de género asociadas han de ser observadas como apropiadas a los estándares bíblicos. Un desacuerdo con el sexo biológico individual solo lleva a confusión espiritual y caos emocional.
A fin de preservar la función e integridad de la iglesia como el cuerpo local de Cristo, y para proveer un ejemplo bíblico a los miembros de la iglesia y la comunidad, es imperativo que todas las personas empleadas por la iglesia en cualquier capacidad o unidas a la iglesia por medio de la membresía deben cumplir y aceptar esta «Declaración sobre el matrimonio y la sexualidad» y comportarse de acuerdo al mismo.
Aunque la expresión sexual pecaminosa es atroz, como lo es todo pecado, el Evangelio provee redención y restauración a todo el que confiesa y abandona su pecado, buscando misericordia y perdón a través de Jesucristo. Más aún, hay una diferencia entre tentación y pecado no arrepentido. Jesús fue tentado de todas las maneras en las que nosotros lo somos, sin embargo, él nunca pecó. Miembros, empleados, voluntarios y asistentes de la iglesia luchando con toda clase de tentación sexual encontrarán una iglesia lista para apuntarlos a Jesús y unirse a ellos para luchar por su obediencia a Cristo. Jesús llamó a sí mismo al cansado y abatido. Como una iglesia que desea seguir plenamente a Cristo, la iglesia será un lugar seguro para hombres y mujeres luchando con tentaciones sexuales de todo tipo. Para aquellos que luchan con tentación y perdón de pecado, la iglesia proveerá amor, cuidado y dirección.
La declaración sobre el matrimonio y la sexualidad de la iglesia no proporciona motivos para la intolerancia, el fanatismo, la intimidación o el odio, ya que creemos plenamente que a cada persona se le debe conceder compasión, amor, bondad, respeto y dignidad, sin importar su estilo de vida. Un comportamiento o actitudes de odio y acoso dirigido a cualquier individuo han de ser repudiados como pecaminosos y contrarios a las escrituras y las doctrinas de la iglesia.
Esta declaración sobre el matrimonio y la sexualidad da a los ancianos, específicamente, el derecho y la autoridad de prohibir actos u omisiones, incluyendo pero no limitados a permitir cualquier activo o propiedad de la iglesia, sea propiedad real, propiedad personal, propiedad intangible, o cualquier propiedad o activo de cualquier tipo que está sujeto a la dirección o control de la iglesia, ser utilizado de cualquier manera que sería – o, en la prerrogativa personal de los ancianos, sea percibido así por cualquier persona –inconsistente con esta Declaración sobre el matrimonio y la sexualidad; y permitir que cualquier instalación de la iglesia sea utilizada por cualquier persona, organización, corporación, o grupo que pudiese usar tal instalación para transmitir, intencionalmente o por inferencia, lo que pudiese percibirse como una impresión favorable a cualquier definición del matrimonio distinta a la contenida en esta sección.
La declaración sobre el matrimonio y la sexualidad de la iglesia se basa en la voluntad de Dios para la vida humana como se nos presenta a través de las Escrituras, sobre la cual esta iglesia ha sido fundada y anclada, y esta declaración no estará sujeta a cambio a través del voto popular; referéndum; la opinión predominante de los miembros o el público general; influencia o interpretación de cualquier autoridad gubernamental, agencia o acción oficial; o desarrollos legales a nivel local, estatal o federal.
Gn. 2:24; Mt. 19:1-9; Mc. 10:1-12; Mt. 15:19; 1 Co. 6:9-11; 1 Ts. 4:3; Heb. 13:4; Gn. 1:27; Ro. 1:26-32; 1 Co. 6:9-11; Ef. 2:1-10; Tito 3:3-7; Mt. 11:28-30; 1 Co. 10:13; Heb. 2:17-18; Heb. 4:14-16.
Suscribirse a declaraciones doctrinales como las listadas abajo es crucial para proporcionar claridad doctrinal, proteger contra la herejía, unificar la enseñanza y el testimonio de la iglesia, y ofrecer una guía sólida para la vida y el ministerio. Estas declaraciones afirman la verdad bíblica sobre roles de género, sexualidad y la autoridad de las Escrituras, ayudando a la iglesia a mantenerse fiel a la Palabra de Dios y a responder de manera coherente a los desafíos culturales contemporáneos. Siempre teniendo en cuenta la Palabra de Dios como la única regla infalible.